martes 22 de noviembre de 2011

domingo 2 de octubre de 2011

Tlatelolco mi amor

La nostalgia y el revisionismo histórico son las dos caras de la misma moneda con la que se ha querido comprar el olvido a cambio de un anacronismo estéril. El olvido no es el elemento antitético de la memoria, es parte constitutiva de ella. Gracias al olvido la memoria insiste, persiste. La frase je te donne à l`oubli que Resnais pone en boca de una mujer en Hiroshima moun amour, aquel filme de 1959, da cuenta de la esencia misma del recordar, de ese evocar que termina desembocando en una intermitencia de olvidos, intermitencia de imágenes, acontecimientos, fragmentos todos de una historia siempre imposible de contar. Cansados de evocar, terminamos invocando, un nombre. Porque los nombres que invocamos son la asíntota del evocar, son ese absoluto que casi como en un ritual mágico queremos traer, actualizar. Nombres mediante los cuales queremos darle realidad a lo innombrable, y en esa paradoja, en esa antinomia, es donde resuena la fuerza misma del invocar. Tu nombre es Tlatelolco, tu nombre es esa cifra mágica mediante la cual conjuro un pasado hiriente y al mismo tiempo me instalo en el presente, desnudo, convertido en sólo este mirar. El 2 de Octubre de 1968, es imposible de evocar, no sólo para nosotros, generaciones post-68, sino para cualquiera de los que estuvieron ahí (los integrantes del Batallón Olimpia y los estudiantes, los soldados y las madres de los estudiantes, los asesinos y los condenados), ante esa imposibilidad hemos recurrido a la invocación. Tu nombre es Tlatelolco, ¿tiene hoy todavía algún poder ese nombre? ¿Tlatelolco 68 aún invoca algo? …la respuesta resuena de nuevo como una moneda que cae en la tierra, con un sonido nulo, devastador en esa misma nulidad, indiferente. Tlatelolco no se evoca, no invoca. Quizá tengamos que empezar en cero, el grado cero de la conciencia histórica, el grado cero de la relación yo-tú, el grado cero de la memoria-olvido. Regresemos a ese ejercicio fatigoso de la evocación y quizá aún podamos salvar el ritual lingüístico de la invocación. Veamos “el grito” de Leobardo López, torturado en Lecumberri, leamos “Días de Guardar” de Monsivaís,